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viernes, 20 de noviembre de 2015

Las Olimpiadas de Videojuegos Mágicos



En Brujitolandia andaban muy preocupados. Los pequeños brujos y brujas estaban tan emocionados con la última ola de videojuegos, consolas y apps, que apenas atendían a sus clases de magia, y cada vez les importaban menos los conjuros y hechizos. Solo les preocupaba llegar a ser los mejores en sus juegos favoritos.

- Nadie lanza pájaros como yo -decían algunos.
- Soy el más grande jugando al fútbol - presumían otros.

Malbrujo, el director de la escuela, tuvo una idea:

- Al final del curso celebraremos las primeras Olimpiadas de Videojuegos Mágicos ¡Será un gran acontecimiento! Los alumnos podrán elegir entre hacer los exámenes o demostrar lo que saben hacer con los videojuegos.

Brujitos y brujitas se entusiasmaron ¡por fin alguien les entendía en la escuela! Por supuesto, casi todos se apuntaron a sus videojuegos favoritos y dejaron los estudios para entrenar durante semanas. Llegado el día de la inauguración de los juegos, el Estadio de los Grandes Hechizos estaba a rebosar.

- ¡Comenzaremos con el juego con más participantes apuntados: Angry Birds! ¡Venga, a lanzar pájaros!

Decenas de brujitos y brujitas gritaron de alegría, pero… allí no había ninguna pantalla, ni consola, ni smartphone. Justo cuando se preguntaban cómo jugarían, el mágico estadio se transformó.. ¡en un nivel del famoso juego! Un gran tirachinas en el centro, algunas construcciones, varios cerditos verdes y pájaros de colores volando por aquí y por allá. Todos los concursantes eran expertos en el juego y sabían que tenían que atrapar un pájaro, colocarlo en el tirachinas y lanzarlo para derribar las construcciones y aplastar a los cerditos. Pero una cosa era ser un experto en el juego, y otra cosa hacerlo de verdad: los pájaros, que sabían que serían espanzurrados contra las paredes, no se dejaban atrapar y, cuando eran lanzados desde el tirachinas, volaban hábilmente para esquivar las construcciones; los cerditos no paraban quietos, el enorme tirachinas apenas se podía apuntar, y las construcciones… bueno, digamos que caían tan fácilmente porque eran de cartón, así que daba igual lo fuerte que cayeran sobre los cerditos, porque no les hacían ni cosquillas.

El público pasó un rato divertidísimo viendo cómo los expertos jugadores se las veían con el videojuego. Finalmente, ganó una brujita cuyo pájaro perdió el pico de tanto reírse. El pico cayó desde lo alto y pinchó con fuerza en el trasero a un cerdo. El cerdo, que estaba contando un secreto a un compañero en la oreja, pegó tal grito que al compañero se le paró el corazón del susto. Y, si no se lo llegan a llevar corriendo a la enfermería, se les habría muerto allí mismo.

El resto de viedojuegos no salieron mejor. Los de fútbol y otros deportes demostraron que muchos capaces de rematar con una espectacular chilena tocando un botón eran incapaces de rematar un balón… ¡100 veces más grande que un botón! Lo único que consiguieron fue llenarse la espalda de moratones, de los golpes que se dieron intentándolo. Hasta los de ametralladoras y disparos tuvieron que ser suspendidos nada más repartir las armas, después de que un brujito apretara el gatillo y la fuerza del arma le hiciera dar vueltas como una peonza sin poder dejar de disparar… Por suerte, un muro antibalas de emergencia pudo salvar la vida de los espectadores, pero los pies de algunos concursantes acabaron con más agujeros que un queso francés

Así, la mayoría de los participante en las olimpiadas de videojuegos sintió tanta vergüenza de no haber sabido hacer nada, que cuando terminaron tenían claro que dominar un juego no era lo mismo que saber hacer algo real, y aceptaron sin protestar sus malísimas notas de aquel curso. Eso sí, al año siguiente volvieron a prestar atención a sus clases y enseñanzas, y ya no gastaban horas y horas frente a los videojuegos para ser los mejores en nada, sino que los utilizaban únicamente para entretenerse un rato.

Y ¿adivinas? así descubrieron que disfrutaban mucho más.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

El jardín de las estatuas


Hace mucho tiempo, existía un lugar mágico que guardaba grandes maravillas y tesoros del mundo. No era un lugar oculto, ni escondido, y cualquiera podía tratar de acceder y disfrutar sus delicias. Bastaba cumplir un requisito: ser una buena persona. Ni siquiera heroica o extraordinaria: sólo buena persona.
Allá fueron a buscar fortuna Alí y Benaisa, dos jóvenes amigos. Alí fue el primero en probar suerte, pues cada persona debía afrontar sus pruebas en solitario. Pronto se encontró en medio de un bello jardín, adornado por cientos de estatuas tan reales, que daba la sensación de que en cualquier momento podrían echar a andar. O a llorar, pues su gesto era más bien triste y melancólico. Pero Alí no quiso distraerse de su objetivo, y conteniendo sus ganas de seguir junto a las estatuas, siguió caminando hasta llegar a la entrada de un gran bosque. Esta estaba custodiada por dos estatuas de piedra gris muy distintas de las demás: una tenía el gesto enfadado, y la otra claramente alegre. Junto a la entrada se podía leer una inscripción: “La bondad de tu carácter deberás a las piedras contar”.
Así que Alí se estiró, aclaró la garganta y dijo en alta voz:
- Soy Alí. Una buena persona. A nadie he hecho ningún mal y nadie tiene queja de mí.
Tras un silencio eterno, la estatua de gesto alegre comenzó a cobrar vida, y bajándose de su pedestal, dijo amablemente:
- Excelente, tu bondad es perfecta para este sitio. Está lleno de estatuas como tú: ¡a nadie hacen mal, y nadie tiene queja de ellas!
Y en el mismo instante, Alí sintió cómo todo su cuerpo se paralizaba completamente. Ni siquiera los ojos podía mover. Pero seguía viendo, oyendo y sintiendo. Lo justo para comprender que se había convertido en una más de las estatuas que adornaban el jardín.
Poco después era Benaisa quien disfrutaba de las maravillas del jardín. Pero al contrario que a su amigo, la visión de aquellas estatuas, y sus ojos tristes e inmóviles, le conmovieron hasta el punto de acercarse a tocarlas una por una, acariciándolas, con la secreta esperanza de que estuvieras vivas. Al tocarlas, sintió el calor de la vida, y ya no pudo apartar de su cabeza la idea de que todas seguían vivas, presas de alguna horrible maldición. Se preguntaba por sus vidas, y por cómo habrían acabado allí, y corrió varias veces a la fuente para llevar un poco de agua con la que mojar sus labios. Y entonces vio a Alí, tan inmóvil y triste como los demás. Benaisa, olvidando para qué había ido allí, hizo cuanto pudo por liberar a su amigo, y a muchos otros, sin ningún éxito. Finalmente, vencido por el desánimo, se acercó a las estatuas que custodiaban la entrada al gran bosque. Leyó la inscripción, pero sin hacer caso de la misma, habló en voz alta:
- Otro día defenderé mis buenas obras. Pero hoy tengo un amigo atrapado por una maldición, y muchas otras personas junto a él, y quisiera pedir su ayuda para salvarlos...
Cuando terminó, la estatua de gesto enfadado cobró vida entre gruñidos y quejas. Y sin perder su aire enojado, dijo:
- ¡Qué mala suerte! Aquí tenemos alguien que no es una estatua. Habrá que dejarle pasar...¡y encima se llevará una de nuestras estatuas! ¿Cuál eliges?
Benaisa dirigió entonces la vista hacia su amigo, que al momento recuperó el movimiento y corrió a abrazarse con él. Mientras, los árboles del bosque se abrían para dejar ver un mundo de maravillas y felicidad.
Cuando un feliz Benaisa se disponía a cruzar la puerta, el propio Alí lo detuvo. Y echando la vista atrás, hacia todas las demás estatuas, Alí dijo decidió:
-Espera, Benaisa. No volveré a comportarme como una estatua nunca más. Hagamos algo por estas personas.
Y así, los dos amigos terminaron encontrando la forma de liberar de su encierro en vida a todas las estatuas del jardín, de las que surgieron cientos de personas ilusionadas por tener una segunda oportunidad para demostrar que nunca más serían como estatuas, y que en adelante dejarían de no hacer mal ni tener enemigos, para hacer mucho bien y saber rodearse de amigos.
Autor: Pedro Pablo Sacristán